domingo, 10 de julio de 2011

Pochi


Dados en el aire
Los dados están en el aire,
y debajo estoy yo levantando cartas con el dedo meñique de mi pie izquierdo.
Todo es el azar salvo esta derrota:
la de mi equilibrio sobre una pelota que rueda hacia el instinto.
Y allí donde los dados ya han subido todo lo que podían subir
pero aún les da miedo volver a bajar
y por un momento se mantienen quietos de pánico en el aire,
hay una cuerda que cae del cielo y nadie sabe dónde se sujeta ni cómo,
por donde baja Dios cada noche para poder emborracharse.
Pero la última madrugada alguien la robó
y ahora anda por la Tierra con una metralleta bajo el brazo disparando a los niños.

Salvo este delirio todo se proyecta normalizado en la pared.
Me levanto y salgo a la calle, y gano dinero y me lo gasto, y hablo poco.
Hablo menos de lo que imaginaba que iba a hablar cuando aún no hablaba.
Ahora que resulta tan fácil, he perdido el interés en comunicarme con nadie.
Ya sabéis, carne, kilos de carne hacinada demasiado torpe para expresar cualquier cosa.
Y luego los periódicos, los laberintos y las botas desatadas.
Cada uno en su lugar mientras ella lo dibuja todo desnuda desde su ventana.
Tiene gracia que sea ella.
Está corriendo lo más rápido que puede alrededor de una pequeña habitación,
sin despegar ni un momento la punta de sus dedos manchados de pintura
de las paredes blancas mientras nos mira fijamente por la ventana.

Ella aún no ha aprendido a hablar y por eso puede dibujarnos.
Ella tiene tres años y seguro que se ganara una bofetada por hacerlo:
sus padres entran y miran todo sin saber qué hacer.
Ellos no saben que lo que les duele no es que haya manchado aquellas paredes blancas,
sino que nos haya dibujado a todos tan de verdad, tan feos,
y no pueden comprender que también sean ellos esos manchones caóticos de la pared.
Ella recibe una bofetada, claro, y luego la castigan encerrada en la habitación.
Ella llora. Llora sin parar, como siempre,
y cierra los puños con rabia, y al abrirlos encuentra unos dados que no sabe d donde han salido
Toma niña, ahora te toca a ti.
Coge los dados y lánzalos rápido hacia arriba, rápido.
Quizá tú tengas más suerte.
Ahora llaman a su puerta y abre limpiándose los mocos con la manga del pijama.
Ella piensa que es su padre que viene a abrazarla
Pero allí está Dios, apuntándola a la cabeza con una metralleta.
Los dados se paralizan en el aire igual que antes,
y nadie sabe si volverán a ella.

(Del primer delirio llego a la realidad y allí resurge un segundo delirio en el que se entremezcla el primer delirio. La realidad es un puente viejo por donde cruzan dando saltos los delirios.)

Pochi: "Yo: el burro"

I.LA CHIMENEA DE MIS OJOS NO DEJA DE HECHAR HUMO PORQUE NUNCA DUERMO Y SIEMPRE ESTOY EN LLAMAS.

Tengo un libro entre las manos hecho de arcilla fresca.
Y lo quemo com mi mechero, y dejo correr el humo entre mis facciones,
formando una cortina suave que me recuerda, sin saber, al cálido útero de mi primer hogar.

Duermo y enciendo la grabadora para caer en una hoja fresca:
 Baudelaire, Cocteau, Panero, Rimbaud y Cassady duermen a mis pies.
Como el otoño que cruje tras mi primavera llena de fluídos tóxicos en alta mar,
 son un grito en el desierto que se amontona en los ecos de mi no- se- qué,
de mi innata, placentera, queda y solitaria no- se- qué, que llevo dentro.

II. MI PRIMER DIBUJO EN UN PINAR LLENO DE SOMBRAS DE ARDILLAS Y NADA.

Hay un burro, atado al sol por una cuerda, que no para de girar dando vueltas al mundo
y no entiende porqué en las escuelas se enseña que el mundo es el que gira.
Y las flores nacen más lentamente de lo que yo muero,
y su espera a cada estación me parece ridícula y casi perversa.
El equilibrio debería ser estallidos de locura contra el suelo mientras nos partimos el culo.

Pero se agota el blues en los barrios que no conozco,
se agota el flamenco en los barrios del sur que me dieron una segunda oportunidad.
Se mueren los locos congelados ante la frialdad de una ecuación matemática.

III. MI SEGUNDO DIBUJO EN CUALQUIER SITIO CON TU LENGUA EN MI BOCA.

También dibujé un perro ladrando junto a la sombra de un manzano.
Pero, ¿sabes? Nunca supe dibujar cosas con sentido.
Es más fácil no explicar que explicar y por eso río más que lloro.
Es más fácil besar y follar que decir lo que sientes, y por eso escribo.
-¿A qué hora es aquí la hora de jugar?-.  Eso fue lo primero que pregunté al llegar.

Ahora estoy en medio de un gigante y un enano y también lo he dibujado.
Es raro sentirse tan desapercibido acostumbrado a bajar la mirada.
Creo que pusiste números al azar en la mesa y me corté la cabeza cuando ví que salió el mío.

IV.EL DESGUACE QUE ENTRA EN LA BANCARROTA

Tengo a mí alrededor veinte diarios con tan sólo dos páginas escritas en cada uno,
una libreta con recetas de ingredientes que nunca compraré porque no me llega el dinero.
Y si bebo cerveza todos los días es porque solo como pasta y sopas de sobre todos los días.

Estoy aquí, ¿no me ves? Todo es un desastre y eso lo hace aún más divertido todo.
Es sencillo vivir cuando estás tan abajo que no puedes volver a caer.
Tengo un montón de amigos repartidos por el mundo y eso sí que es demasiado bonito.
Me mantengo callado enlazando años con lugares,
me siento como un niño en una pizarra intentando hacer algo que nunca ha entendido.


Pochi

somos los siglos

Han creado pabellones de urgencia para locos

donde una vez dejé un cigarro apoyado en un cenicero,

de donde ahora el humo sale por las chimeneras huyendo hacia arriba.

Han creado guerras de diez dedos para mis tardes devastadas

donde entre las uñas y la carne solo había hueco para trozos de piel por el picor del mono.

Hemos comido malas hierbas para poder ver el horizonte,

pero envidio a los caracoles que nunca se aburren a pesar de todo.



…la historia comienza poniendo una letra en el centro de la hoja…



Soy el de siempre, el que tropieza y destroza ciudades,

o el que recoge las narices rojas de los payasos cuando miran al suelo y se caen.

El idiota que sabe que sopla telerañas con la mirada al fin y al cabo.



Mataron también a mi marioneta plana,

la que se recogía entre hojas y se apostaba todo tras la luz de una luciérnaga muerta.

La que cambió tres noches de olvido nulo,

por tres cientos sesenta cuatro días de recordar uno que cumplía un año.

Sí, dibujaba como un soplido de alivio

y yo me limitaba a escoger canciones que pudieran ser libres en otro momento,

mientras conducía a todas horas con una postal de Paris en el limpiaparabrisas.



…Bob dylan murió cerca de mi barrio y nadie se ha enterado…



Estoy en la roca de tu paciencia con mi piel en tonos morados.

Hago ventosa con mi boca en la gravedad que se cae

corriendo sin saber si algún día llegaré al otro lado.

Soy como la lluvia que cuando cae con fuerza parece que rompe sus propios charcos

y recuerda, gota a gota, que nada seca la humedad de los huesos calados.

Escucho el sonido de un palillo en la boca de un viejo,

que mastica hojas secas y las aprieta entre sus dedos amarillentos.

Él es el otoño jugando con los colores,

el infinito vencido con los ojos abiertos de un niño,

o una grieta de una pared donde se esconde una rueda que pierde aire poco a poco.



…Un ojo se asoma por mis pestañas y no es el mío, y me hace cosquillas…



Cierro un libro que cae cerca de un perro que sueña,

y yo duermo plácidamente,

y creo que los tres juntos, y ahora, somos el reflejo de todos los siglos que no se escribieron en ninguna parte.

Pochi

escribo en tus párpados caídos


Se que es una locura.

Alzas el brazo ganador con un soplido de tu boca,

y los edificios se derrumban sin saber por qué.

Ojos escuálidos ante tu mirada,

y una obscena sensación ante el silencio de estar en tu casa.

Es una locura querer follarte de tantas maneras diferentes.

Lo sé y no freno mis pensamientos.

Me deslizo como si tu cuerpo fuera hielo lleno de calor.

Caigo en tí, al mismo tiempo, como si todo se derritiera

y naufragara en tierras movedizas hasta hundirme sin poder ver la realidad.



Y te escribo al irme Adiós en tus párpados caídos,

donde me escondo cuando miras, donde aparezco cuando cierras los ojos.

Nunca puedes verme, ¿no es así?

El corazón es una bomba en el último segundo eternamente.

Y odio que no explote,

porque la sensación de estar volando por los aires, destrozado,

es la misma aunque nunca lo haga.

Odio que no explote todo, porque quiero enseñarte donde es donde yo vivo.

Sí.

El mundo morado, Pink Floyd y los payasos de debajo de mi cama.

Las montañas que me arropan, y el papel de plata esparcido por el suelo.



Naufrago en un vendabal solitario que no para de beber.



Y tú y tus manos rozando mi cuerpo,

y tú y tus dedos escondidos bajo mi bomber,

mientras mis latidos son marionetas de voces extrañas que a veces no reconozco.



No es lujuria en donde existe el miedo.

Y tiemblo.

Sí.

Tiemblo igual que el eco que sabe que se apaga.

Yo me apago también cuando soplas y me toca caer.

Qué puedo hacer yo.

Caigo hasta perderme dentro de mí huyendo del terror a lo desconocido,

de seguir sin poder dormir al acabar el quinto cuento que me lees

de seguido y con las manos vacías,

enfrentándome al sudor febril de escuchar tu voz sin pausa.

Sigue leyendo, por favor.

Ayúdame a saber qué voz tiene el silencio.

Y escuchémosla sin pausa hasta que me diga que puedo hablar.

Y él muera, y yo tiemble otra vez de no saber qué decirte.

Y él renazca, mientras yo muero escribiéndote mierdas como estas,

que sé que nunca leerás

aunque follemos sin parar durante meses.

Casi días.

Casi segundos.

Casi.

Mañana será otro día.

César


1)Nos saludamos con dos cuchilladas
y empezamos a agitar los dientes
brillantes a la luz de la noche.
Observábamos los gestos del otro
con faros de coche
y medíamos por las farolas
nuestra velocidad.
Dimos vueltas por hospitales mentales,
por bares
y por el aire,
arrasamos el césped y la arena seca
destrozándonos contra asfalto y matorrales.
De mí encontraron una mano,
de tu cuerpo sacaron sólo un ojo
y el resto se lo comieron durante la noche
los vagabundos y los animales.
De sus mierdas salimos de nuevo,
renacidos pero sin cenizas
y descubrimos que el mundo desnudo
durante el sueño se había hecho trizas.
Sólo quedaba de nosotros una mano y un ojo
y con eso seguimos paseando,
soñando con altos edificios,
volando hacia las estrellas.




2)Hoy me siento una isla:
rodeado de gaviotas chillonas
y aplastado por el sol
contra el fondo del mar,
sacando a duras penas
la cabeza del agua
para extender mis palmeras
y respirar.
Hoy me he levantado colonizado
por robinsones invisibles
que hacen hogueras durante la noche
y cazan nubes con cañas de pescar,
que tallan ídolos en mis árboles
y soplan la arena que quiere volar.
Esta noche hundiré la cabeza
para bucear bajo el mar,
en busca de monedas y pedacitos
de sal.
Esta noche me iré
siguiendo el reflejo de la luna
surcando un mapa de olas
que flotan ingrávidas sobre el coral.


 3)
Camino descalzo
sobre la azotea de mi cabeza,
con las piernas volando
en el viento
y los ojos nadando entre nubes.
Salto como si la luz fuera a llevarme
hasta el sol,
como si yo fuera pájaro en oferta,
y me siento a oler la ciudad
tendida boca abajo
sobre el mar azul.
El calor se asienta sobre los edificios
como un señor de la luz,
dueño de todo,
y  yo lo contemplo en mi azotea
con la ingenuidad de un ingenuo,
chupando cristales rotos
y cagando botellas que lanzo al césped,
sabiendo que,
al final,
don Calor encontrará
un cristal que le sirva de lupa
y el verano regresará a nuestras casa
con su lengua de fuego,
hiriente y sublime:
con su infierno cotidiano
y sus olores tostados.


4) Reptaba sobre tu piel
oliento tu sudor con mi lengua
y susurrando silbidos para apoderarme
de tu consciencia.
Conocernos había sido un olisqueo mútuo,
perruno y sucio,
deshilando intimidades entre huesos y carne
con la excusa de un placer
que aguardaba bajo la piel.
Trepaste por mi cabeza con uñas de gato
abriendo flores como heridas
que bostezaban al aire enmohecido
de la noche.
Te abriste hecha laberinto
de palabras colgadas en mi oído
y te cerraste como un molusco
que sólo permite avistar su perla.
Qué raro fue cuando cogí el cuchillo
y vi el reflejo en tu mano
de unas tijeras…

sábado, 21 de mayo de 2011

Otra lectura: César

El tren iba a toda hostia
y el temblor era como una distorsión
sobre un abismo.
el sol colgaba del cielo
como una nota redonda sobre un pentagrama
indicando que iba a ser una melodía
la mar de monótona.
Sobre el horizonte de postes de luz
aparecían aletas de tiburones
perseguidas por chinos con cucharones de sopa
y la gente se mecía en movimiento
como fideos empapados en cemento.
Un helicóptero como un moscardón
disparó al azar balas sobre el tren
destruyendo en chillidos los cristales
de ventanas y gafas.
Las balas no eran peores que el sol,
que nos metía el dedo en la pupila
rebuscando el dinero que había escondido
tras nuestros ojos. De repente
alguien se tiró a las vías
y frenamos sobre cabezas de focas
apaleadas por ecologistas
que hacían vídeos de propaganda.
Cuando todo se detuvo
vimos que nos habíamos pasado de la raya
y de nuestra estación.
Quisimos retroceder, pero estábamos tan lejos...
Parecía que nos habíamos ido del planeta y que toda nuestra cordura se había quedado en otra...
...línea.

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Ella es encapuchada autista,
Caperucita Roja -de las de Partido Comunista-.
De niña se comió al coco,
de adolescente folló con el lobo feroz
y manda cartas de chicles bazooka
a creativos de marcas de refrescos de coca.
No miente
ni es mantis
-aunque a más de uno le ha comido la cabeza-
y con su regla santa
ha inmaculado más de una manta
(dejando no un rostro
sino más bien un gesto
con el dedo).
Conduce camiones
y vomita condones
buscando, con naturalidad,
mantener el control de la natalidad.
No come animales
ni mastica vegetales,
pero no se alimenta tampoco del aire
sino que come gorilas de pista de baile.


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Dicen que tenía una voz terrible.
Mi madre.
Yo nunca la oí cantar y apenas recuerdo su voz.
Sólo recuerdo su cara muda y su mirada lejana.
Dicen que fue por el accidente,
cuando Bruno murió.
Mi padre pudo sacarla a ella del coche,
pero en aquella chatarra en llamas
mi hermano
ardió vivo.
Chillaba como un demonio
mientras intentaban sacarlo.
Mi madre se tiraba a las llamas
pero no lo pudo salvar.
Aquellos chillidos habitaron nuestros oídos durante años,
tapizaron de pesadillas nuestros cerebros.
Después de eso, mi madre no quiso oír nada más.
Acolchó puertas y ventanas, muebles y paredes.
No quería oír un susurro.
La locura creció en ella: terminó odiando el sonido
de su respiración,
el ladrido
de su corazón.
Dicen que usó una aguja,
la misma para los dos oídos.
Después ya no hubo que acolchar más cosas.
¿Para qué,
si le encontraron un cuarto que era puro cojín?
Fue la última vez que la vi
y fue muy extraño...
Pero a mí me parecía feliz

viernes, 20 de mayo de 2011

Segunda Lectura: César

6-
Su vestido no era blanco ni rosado,
no era vestido sino desnudo.
Y vestida con su suave piel
atraía a los hombres
como una sirena
sin plumas ni voz

7-
El otro día atropellé a un payaso.
Conducía tan rápido que no me dio tiempo ni a verlo.
Lo reventé: su cuerpo despedazado estalló en una carcajada.

8-
Tenía un cerebro blanco cuando empecé a pensar.
Después de unas décadas ya estaba gris, como el resto.
Nubes de polución y mierda
llenaban las calles decapitadas.
Las ideas se agrietaban como el pavimento
en cerebros mal asfaltados
y el autobús paseaba
como un perro abandonado
echando una meada en cada semáforo.
Un mendigo ciego miraba al sol
sin ver la luz que cegaba sus ojos
y paseando pasó el paseante
que pisó con prisa ajenas pisadas.
Se alejó tan lejos que bailó con el horizonte
con el que una niña saltaba a la comba.

9-
Negras nubes
cargadas de días lluviosos
cantan su tristeza silbando al viento.
Se congregan sobre la ciudad
conspiran una tormenta
mientras los árboles autistas
se balancean con un ritmo hipnótico
y aprietan sus raíces contra la tierra.
Me vendieron un hacha
para talar nubes
y un libro en el que encerrar melodías.
Y la vida, tan corta como el estornudo de una hormiga,
empezó a sonreír con dientes de oro.

10-
El cielo cayó con la lluvia
y quedó atrapado en un charco
mientras el mar trepaba por el aire
y formaba una cúpula azulada de horizonte a horizonte.
Las nubes se disolvieron como azúcar en el agua 
dejando un dulzón aliento en el viento del atardecer, 
que sobrevivió rayado por el sol 
pero sucumbió ante el abrazo sensual de la noche.
Qué triste sonó a la luz de las farolas
el chapoteo de pisadas sobre el cielo derribado.

11-
El edificio hablaba de desolación y de guerra.
Las ventanas hablaban de vacío, de suciedad,
de golpes en el cristal agrietado.
Los muros estaban tatuados de ajenas protestas:
gritaban lo que la gente no se atrevía a decir.
Y en conjunto, todo hablaba de miseria y del paso del tiempo.
Todo
menos un dibujito en una esquina:
un pato amarillo que había dibujado una niña
hacía más de treinta años.
Ese dibujito hablaba de esperanza, permitía creer en algo.
Aunque la mancha de sangre que había debajo
no permitía creer demasiado.
12-
Intenté agarrar una nube y me caí desde la cornisa.
Con la mala suerte que tuve... ¡Y nunca perdí la sonrisa!